Por Marcelo Gantman en canchallena:
Sin piedad y sin pereza, el mundo informativo del tenis empezó a preguntarse quien será el que ocupe el lugar de Roger Federer en un futuro muy cercano. Ese espacio que se libera es apenas un puesto en el ranking. Una de las cuatro columnas de entrada al templo donde ni siquiera el número cinco tiene cabida. Eso es mucho para cualquiera y es suficiente para el tenis. Pero Federer es más que un tenista y por eso su imagen se
mantiene en alza cuando su juego está en baja. Tiene una consistencia que no está puesta a prueba por los puntos que defiende cada semana.
Roger Federer atraviesa con dificultades una temporada en la que se le acabaron las certezas. Pierde con tenistas que se hacen populares luego de ganarle. Su presencia en el tramo decisivo de un torneo no alcanza para «asustar» a rivales que deberían darse por contentos por el sólo hecho de haber llegado a enfrentarlo. Eso ya no sucede.
Este 2013 lo encuentra con solamente un título ganado (Halle) y salidas tempranas en los Grand Slams. Para los niveles de flotación de Roger Federer este no está siendo un año relevante.
Pero un atleta global como Federer no se permite quedar preso de un resultado deportivo. Con un tenis descascarado, vulnerable y hasta con la novedad de advertir que sus axilas finalmente transpiraban, Federer propone escenarios para orientar la mirada.
Despachado por Sergei Stakhovsky en segunda ronda de Wimbledon, el suizo alteró su calendario y apareció en Hamburgo y Gstaad, dos torneos que estaban fuera de su programación. De movida en Hamburgo instaló el debate por su cambio de raqueta que saltó de un aro de 90 pulgadas a otro de 98.
Wilson salió en auxilio de de su estrella con el prototipo de un modelo sin nombre comercial ni cosmética. Le dieron una raqueta tan flexible como la Pro Staff y decidieron que el diseñador de la marca lo acompañe con un arsenal de raquetas hasta que Federer encuentre la que mejor le queda por su peso y balance. Cuando Roger se decida le darán color y nombre a la nueva criatura. Mientras, entre tanto laboratorio, Federer lo que logró de inmediato fue cambiar el sentido de la conversación. Ya no se habló de como dejó su corona de Wimbledon en manos de un tenista ruso que no supo que hacer con tanta gloria, sino de la novedad del cambio de raqueta. En Hamburgo, Federer llegó hasta semifinales donde, como vimos, a Federico Delbonis jamás le tembló el pulso en los momentos claves y lo venció. El suizo luego fue a Gstaad donde perdió tempranísimo contra Daniel Brands. Ese andar a los tumbos se frenó con el anuncio de su ausencia en Montreal por un problema en la espalda.
Es interesante la reflexión de Mary Carrillo, histórica comentarista de TV norteamericana: «Viendo como se dieron las cosas, el cambio de raqueta no fue otra cosa que una declaración silenciosa por parte de Federer. Está contando algo sin necesidad de decirlo…» En esa línea, el influyente coach Darren Cahill, se apunta con otra opinión: «El uso de otra tecnología es una ayuda ahora para Federer. Sus problemas en la espalda eran conocidos aunque nunca hablara de eso. Eso ahora no le permite rendir en los partido ni tampoco prepararse de buena manera.
El paisaje actual de Roger Federer es el que enmarca la celebración de sus 32 años. Federer está en una transición que va desde el jugador todavía sometido a juicio de los resultados hacia el icono que administrará su imagen y su marca cuando el juego haya terminado Eso diferencia a Federer del resto de los número uno de este deporte. Consultado sobre lo que significó haber sido en su momento número uno, Jim Courier dijo: «Es un poco como ser presidente. No es tanto la persona, sino el poder que da estar en esa oficina…».
Roger Federer saltó ese cerco del tenis. Es la persona. Aunque la oficina esté ocupada por otro..