Publicado en La Tercera, 15 de octubre, 2012.(por Cèsar Olmos de la TVN)
Ya va un año y ocho meses, tiempo suficiente para formarse un juicio y la conclusión final es que Borghi no lo logró.
El objetivo mayor de Claudio Borghi al asumir la selección chilena era que el equipo jugara mejor que con Marcelo Bielsa. El esperable, el razonable, que lo
igualara. Y el mínimo, que se le acercara. Con cualquiera de ellos alcanzaba para una eliminatoria consistente. Pero no está ni siquiera en el mínimo: no lo consiguió.
Y aquí no se trata de presumir indolencia, desidia o vicios de paternalismo. Aquí se entiende que el encargado trabajó profesionalmente durante 20 meses, armó el equipo que honestamente le parecía más competitivo y lo impregnó de un estilo en el que cree firmemente. Pero no, no funcionó.
La selección chilena viene en caída libre y sus jugadores tienen dificultades insólitas para cumplir con lo básico: hilvanar tres pases seguidos, no perder la marca en las pelotas detenidas, hacer los relevos… Ni eso está. Hace poco más de un año dolía, y mucho, la eliminación ante un equipo -Venezuela- al cual literalmente se lo agarró a pelotazos. Cinco, diez, quince ocasiones de gol. Ese Chile, que decepcionó tanto en la Copa América, hoy difícilmente hubiera perdido con Colombia o con Ecuador. Pero ese Chile desapareció, no está, se esfumó.
Si fue o no todo esto el resultado final de la disciplina supuestamente laxa de Borghi, ya no interesa. Aunque hay evidencia en contrario (se siguen escuchando los lloriqueos de Jorge Valdivia), en el colectivo se asentó la idea de que así fue y no hay vuelta. Como sabemos, el chileno gusta mucho de exigir rigor y compromiso al prójimo, una característica de tufillo portaliano, aunque, claro, es bastante más indulgente si se trata de sí mismo. Y como no vio esa “mano dura” de manera inmediata en Borghi, ya está: se cocinó.
¿Pero qué pasó en la cancha? Veamos un par de ejemplos.
Desde un comienzo, Borghi canjeó la mecanización de los movimientos ofensivos del equipo -sello de marca de su antecesor- por una táctica de mayor libertad, que tenía en Alexis Sánchez a su emblema. Prescindió de los dos aleros fijos, sagrados para Bielsa, deshizo la sociedad Isla-Sánchez y soltó al tocopillano. Y así, de ver a Alexis corriendo como loco por toda la banda derecha, bajando a buscar pelotas hasta su propia área (el partido con Honduras en el Mundial, por ejemplo), pasamos a verlo libre y muchas veces volanteando por el medio. Esto, que podía convertirse en un cambio clave en el andamiaje del equipo, nunca funcionó del todo bien, pero Borghi se mantuvo firme en el principio: Sánchez, libre. El cénit de esta libertad se vio el viernes en el Atahualpa. De tan libre que está, Sánchez ya no se junta con nadie. No, la idea no resultó.
Pero quizás el cambio más significativo esté en otro lado. Si con el DT anterior la norma era recuperar rápidamente la pelota y con poca transición llegar arriba, aun a riesgo de perderla igual de rápido (y vuelta a recuperar), con el actual se probó un sistema de mayor tenencia y toque. No hay nada de malo en ello, el problema es que en el camino se perdió la costumbre de morder en toda la cancha, por lo que las pelotas se recuperan más atrás que antes y con más urgencia, lo que hace más falibles los pases y la construcción de jugadas y así. No, no sirvió.
Ya va un año y ocho meses, tiempo suficiente para formarse un juicio y la conclusión final es que Borghi no lo logró.
Que les haya dado la tarde libre del domingo a los jugadores -el momento ideal para el solaz, sin duda- es sólo síntoma de que el entrenador ya está entregado y no hay más. Su tiempo en la “Roja” se acabó.