La columna es de Alejandro Caravario, en espn deportes digital:
BUENOS AIRES — La versión de que Boca logró el empate en el clásico honrando su tradición de coraje y voluntad es una falacia que ni los propios hinchas deberían creer.

No es casual que sean los jugadores quienes la agitan. El primero en destacar que el equipo empató «a lo Boca» fue Schiavi.

En al misma línea, Somoza aludió a una charla determinante en el entretiempo. La anécdota pretende subrayar la unidad del grupo y los compromisos recíprocos.

La transcripción de tan
intenso momento podría ser: el plantel, atento a la mala situación del primer tiempo y en pleno conocimiento de sus capacidades, en especial anímicas, se juramentó a sacar el partido adelante. Algo así.

Los hinchas de Boca saben echar mano de la mitología para mofarse de sus adversarios de siempre. Este clásico, por caso, sirvió para agitar el estigma de la paternidad. Y para sugerir algún tipo de complejo de inferioridad de River.

El final inesperado (todo el estadio, más los millones de la audiencia televisiva tenían la certeza de que River ganaría y tal vez por un resultado generoso) hizo más cruel la decepción del local y más picante la celebración del verdugo, que se apoyó en el citado folklore (una tradición manipulada) con el fin de reforzar el escarnio. Como todos sabemos, el sufrimiento del rival tiene mucho más valor que el goce propio.

Pero a solas con su conciencia y una vez que se desinflaron los globos y el viento barrió las guirnaldas, el hincha de Boca difícilmente se trague el relato heroico que algunos interesados pretenden venderle.

Boca no sólo fue superado por River de punta a punta del partido, sino que pareció acatar ese estado de cosas con escasa rebeldía y, para colmo, ninguna idea de juego.

Salvo en un tramo breve de la segunda parte, Boca parecía rendido ante un destino que juzgó consumado desde que Orión y Ponzio colocaron el 1 a 0.

Tan es así que, luego del penal al que el equipo de Falcioni llega en una jugada aislada, confusa y azarosa (y con bastante de torpeza defensiva de River), no hubo nada semejante al heroísmo.

No hubo presión, ni peloteo, ni la arremetida desprolija de aquellos que, a falta de mejores herramientas, se lanzan como malón a forzar el gol, a empatar de prepo.

Esa actitud habría sido más fácil de asociar a la historia de Boca. Por lo menos a la historia que orgullosamente muchos de sus hinchas reconocen como distintiva.

Por mas que Rojitas y Maradona (juego-juego-juego, en lugar de huevo-huevo-huevo) sean mucho más representativos del club que Giunta o el Cholo Simeone (Carmelo, el original).

Pero no, Boca continuó con su fútbol sumiso, del que no cabía espera más que una derrota segura, aunque por un resultado más digno. Nuevamente una sucesión de imprevistos (un pase que no pretende serlo, un defensor que abandona la marca, un arquero que se duerme y un futbolista a reglamento que increíblemente había pisado el área) terminan por dibujar un resultado sorpresivo que, de todas maneras, nada tiene ni tendrá de titánico.

Si desmalezamos la mitología y las emociones inmediatas, River dispone de muchas más razones para computar favorablemente el partido del domingo que Boca.

Los clásicos se deben ganar de cualquier modo, sentencia el vulgo. Pero ese triunfo (o empate agónico) sólo da de comer unas horas. El campeonato continúa y a la semana siguiente hay que jugar de nuevo.