Es la columna de opinió, tras el 1 – 1 del Boca River del 5 de mayo de 2013 de 11wsports.com.ar
Con el Superclásico a la cabeza, varios partidos del fútbol argentino no terminan de estar a la altura de lo que se espera
Eso mismo pasa. Ayer, hoy y siempre. O eso esperemos porque, si eso mismo no pasa, habrá que preguntarse para qué está la pelotita. El tema es que llega el domingo y el tipo se levanta y lee el diario y desayuna y empieza a soñar. Quizás, algún familiar lo perturba con alguna cuestión cotidiana pero nada de nada es suficiente para distraerlo de su sueño. El tipo, hincha de su equipo y del fútbol, sabe que hoy se juega un partido de esos que se
esperan con ganas, de esos que nadie quiere perderse. Y sueña porque en eso cosiste esto de aguardar que llegue la hora e imagina que el duelo tendrá todos los condimentos necesarios para ser un gran partido: gambetas, orden, pases, aventura, corazón, concepto y goles. Pero todas esas expectativas acumuladas desde el mismísimo momento en el que abrió el diario a la mañana empiezan a descarrilar en cuanto la pelota arranca a rodar. ¿Por qué tantos encuentros en el torneo argentino vuelan bajito y quedan muy por debajo de lo que más de un espectador pretende?
Boca y River disputaron el domingo por la tarde el Superclásico y cumplieron con lo que dicta la hipótesis planteada –lo que no indica que el ejemplo sirva para comprobar nada-. El tipo y muchos otros tipos acomodaron el espacio para ver a los dos equipos más populares del país y se aburrieron con un cruce acerca del que, en la previa, se debatió y se debatió en diarios, en televisiones, en radios y en sitios de internet desde distintos ángulos y con diversos personajes. Pero no solamente eso: una vez que se terminó un partido con audacias más que escasas, con muchas más tensiones que gestos de creatividad individual y con mucho más protagonismo de las tribunas que de las construcciones colectivas de ambos conjuntos alrededor de la pelota, las discusiones del show deportivo sobre las declaraciones y sobre la utilidad que cada uno le dará al punto obtenido continuaron como si de eso se tratara este juego.
Claro que hubo algunas resoluciones particulares, algunas maniobras específicas y algunas actuaciones concretas que valieron la pena en medio de tanta otra cosa que pareció descartable. Manuel Lanzini cabeceó rumbo al gol antes de los sesenta segundos con la eficacia y con la belleza de los mejores goleadores que salieron de estas tierras, Walter Erviti gambeteó en la jugada del empate como si llevara en su botín zurdo la habilidad de los mejores enganches que se hayan visto, Juan Iturbe aceleró más de una vez con esa vocación de vivir pegado a la raya de un extremo de manual y Leandro Paredes desparramó algún taco lujoso para recordarle al público que el balón no es un adorno. Pero poco más que, en realidad, viene a significar demasiado poco para todas las voluntades que habían soñado desde temprano, o desde días anteriores, con ver un gran partido de fútbol. Más histérico que emotivo, más fuerte que técnico y más anímico que conceptual, el Superclásico fue menos, mucho menos, de lo que el tipo y tantos otros tipos querían.
Pero no fue la ingrata excepción lo que se vio en la Bombonera. No. El sábado en Avellaneda, por citar un ejemplo, se miraron las caras Racing y Vélez y, pese al buen material -joven y no tan joven- que hay en ambos planteles, entre los dos solamente generaron dos ocasiones claras de gol en 90 minutos. Aunque ni la Academia ni el Fortín aspiran al título en el torneo local, lo cierto es que el tipo y muchísimos otros tipos se entusiasmaron con dos equipos que suelen reunir jugadores que conocen en qué consiste tratar bien a la pelota. Pero no hubo respuesta que se comparara con las ganas de ver fútbol del tipo y de tantos tipos porque ni Luciano Vietto, ni Federico Insúa, ni Mario Bolatti ni Lucas Pratto fueron suficientes para despabilar la modorra en la que, salvo raras excepciones, también cayeron los arqueros. En este caso, además, no cabe hablar de urgencias extraordinarias por ganar que forzaran a revolear para arriba porque los de Avellaneda y los de Liniers tenían margen como para animarse a otra cosa. Quizás lo hicieron pero, este texto no indaga sobre la intención sino sobre el resultado futbolístico, que fue entre pobre, muy pobre.
Una explicación ante tanta de defraudación podría ser que las estructuras defensivas son de tanto nivel que muestran dominantemente la capacidad para desarticular los dispositivos de ataque. Podría ser aunque, a decir verdad, suena a poco para dar cuenta de tanto partido que queda a medias en cuanto a la ilusión que despierta de antemano. Pero, si fuera correcto sostener que los mecanismos destructivos funcionan mucho mejor que los creativos, habría que preguntarse profundamente qué le pasó a la frescura de los delanteros, a la imaginación de los enganches, a la espontaneidad de potrero y al trabajo de pizarrón que no pueden construir lo que demanda arrancarle una sonrisa al tipo. Mientras se pregunta, se responde y no se convence de nada, el tipo trata de creer que no está solo y que hay tantísimos otros tipos como él que, al tiempo que le murmuran de fondo nuevas –y viejas- frivolidades sobre lo que dejó la fecha, persisten en soñar con un fútbol que colme las expectativas.
